Heme aquí
Deshabito para siempre un tercio de mi cuerpo
Creo ser la sed del ebanista
del demente que viaja el mundo
agazapado en un madero.
Creo ser la sed del ebanista
del demente que viaja el mundo
agazapado en un madero.
Heme aquí
Agonizo y doy de beber a un muerto.
Intento cuidarle la piel hasta lo justo,
La cruz era solo el pretexto para sostenernos,
El signo no era un ave
sino la asustada gacela escurridiza
bajo los balcones y las verjas.
Heme aquí
Descubro las fachadas que llevaran mi rostro hasta el fin,
mis siete rostros.
Descubro la sacrílega intención de sus nervios,
me dejo violar a la sombra de un flamboyán,
me dejo ir por ese que apareció desnudo tras un canto y sus
esquirlas,
ni los guarda vecinos podrán separarme
de éste, su último suspiro,
ni esas tejas de barro se asombraran
ante la desnudez del sueño.
Heme aquí
con la irreverencia del gesto que provoco el río
No soy
pero dije que era,
mentí como miente un niño o como un monje.
Hice de sus entrañas un montón de vitrales mustios,
una casa geométricamente invisible enferma.
Hoy retorno célibe,
Etérea, acechando un nombre por espantar el vértigo,
paciencia entre oleos y parques.
Heme aquí en su taller,
busco en su figura de ayuno
los sándalos perdidos, lo perfecto,
Busco tras esa silueta de egipcio, como un zombi
el ébano y la certeza.
Sollozo prohibido es este afán de ser su madero,
he sabido parirle como un pez y encender los cirios,
me bifurco cada segundo entre sus dedos.
Soy la sed del ebanista,
soy su pieza
hecha de él como esta ciudad
cuando dios aguardó por sus manos
para fundarla.
Agonizo y doy de beber a un muerto.
Intento cuidarle la piel hasta lo justo,
La cruz era solo el pretexto para sostenernos,
El signo no era un ave
sino la asustada gacela escurridiza
bajo los balcones y las verjas.
Heme aquí
Descubro las fachadas que llevaran mi rostro hasta el fin,
mis siete rostros.
Descubro la sacrílega intención de sus nervios,
me dejo violar a la sombra de un flamboyán,
me dejo ir por ese que apareció desnudo tras un canto y sus
esquirlas,
ni los guarda vecinos podrán separarme
de éste, su último suspiro,
ni esas tejas de barro se asombraran
ante la desnudez del sueño.
Heme aquí
con la irreverencia del gesto que provoco el río
No soy
pero dije que era,
mentí como miente un niño o como un monje.
Hice de sus entrañas un montón de vitrales mustios,
una casa geométricamente invisible enferma.
Hoy retorno célibe,
Etérea, acechando un nombre por espantar el vértigo,
paciencia entre oleos y parques.
Heme aquí en su taller,
busco en su figura de ayuno
los sándalos perdidos, lo perfecto,
Busco tras esa silueta de egipcio, como un zombi
el ébano y la certeza.
Sollozo prohibido es este afán de ser su madero,
he sabido parirle como un pez y encender los cirios,
me bifurco cada segundo entre sus dedos.
Soy la sed del ebanista,
soy su pieza
hecha de él como esta ciudad
cuando dios aguardó por sus manos
para fundarla.