La cuchara
Nunca supe la historia de aquella cuchara, la verdad, creo que mi
madre se la trajo de Oriente, de Julia, el pueblito donde vivió durante muchos
años y al que visitábamos todas las vacaciones siendo niños, mis hermanos y yo.
La cuchara no tenía una forma rara, ni nada que se le parezca era en toda regla
lo que se puede llamar una cuchara común y corriente. Así que si a alguien se
le ocurrió que la cuchara sería de algún material extraño, está muy equivocado,
sí creo que tendría algo lunar, pero nada más lejos que su forma de cuarto
creciente y su cabo, que se abría casi al final. Lo cierto es que mi madre la
usaba para todo, lo mismo para beber un dulce con leche, que para beber una
sopa. Lo mismo le daba tomar un potaje de garbanzos con ella que un yogurt. La
cosa es que la cuchara no era ni muy grande, ni pequeña. Se ajustaba a su mano
y claro a su boca. Era aquello que podemos decir una cuchara perfecta. Mi madre
era una mujer bastante exigente para con casi todo, a veces rayaba la
intransigencia eso no se veía tan mal porque lo aderezaba siempre con
muchísimas gotas de amor. En los últimos años y después de su muerte aún más,
me dio por sustituir el cariñoso Juani que le decía, por: La generala. Es que
tenía un tremendo carácter, una capricornio de esas que lo quieren todo, ya y a
la perfección, pero al mismo tiempo era una galletica de dulce mojada en almíbar.
Difícil de entender esto, ¿verdad?. Mi madre vivió conmigo 12 años en España y la
cuchara estaba siempre con ella, para todo, si iba algún sitio, además de sus
cremas y ropas iba envuelta en una servilleta y luego en una bolsita, su
cuchara. Pasó que un día mi madre cayó muy enferma e ingresó en un hospital,
era bronquitis, como casi todos los inviernos, nunca imaginamos que aquel sería
el último. Ya ella había vencido la batalla en, no pocas ocasiones. Se auto
medicaba, en cuanto empezaban los primeros síntomas. Vivía con medicación
constante para el asma, pero esta vez, no pudo aguantar la falta de aire y fue
fatal. Paso muchos días entubada, hasta que al fin la sacaron de aquel coma
inducido y comenzó a progresar, uno de los días en que estaba despierta me dijo
al oído que le llevara su cuchara al hospital, pues pronto comenzaría de nuevo
a comer por si sola. La verdad es que le empezaron a dar yogures, pero ella
quería su cuchara y se la llevé. A los pocos días mi madre comenzó de nuevo a
ponerse mal y le tuvieron que hacer una traqueotomía, más tarde cuando ya
pensábamos que salía adelante y los médicos nos dijeron que experimentaba una
mejoría, nos contentamos con la idea de que la cambiarían de sala, iba a salir
de cuidados intensivos, ya le estaban buscando cama en otra sala. Pero una
mañana cuando mis hermanos y yo afuera nos reíamos despreocupados, salió un médico
con intensa gravedad y nos borró la sonrisa confiada de los rostros,
diciéndonos que le habían dado dos paros, que no pudo aguantar. Fue un impacto
muy grande porque estábamos seguros de que ella, ya estaba saliendo de allí.
Pero sin lugar a dudas su alma se escapó, de aquel cuerpo cansado. Después de
su sepelio, pasé unos días en un estado de casi levitación, aún no sé si era
parte de eso que llaman, el despertar, el caso es que, en mi estómago, era como
si un nudo se hubiese soltado, quizá el cordón umbilical cortándose, no lo sé.
Pasé unos primeros días como fantasma, no escuchaba, y entendía muy poco a los
que me hablaban, el mundo entero se había ido, dejándome en medio del vasto
cosmos, entre las estrellas, vagando. Cuando nos enviaron sus pertenencias a
casa, una semana después de su muerte, nos hicieron llegar todo, las cremas,
las ropas, los libros, todo, menos la cuchara. En medio aquel estado de tan
grande extrañamiento y tristeza, lo único que atine a decir fue, que faltaba la
cuchara. Sentí que si dejaba perder la cuchara perdería aun más, una parte de la esencia de mi madre. Pude hablar con una amiga que teníamos en el Hospital, que por
favor me buscara la cuchara y me la devolviera. Demoró, demoró unos días. Me la
imagino moviendo cielo y tierra en aquel hospital para encontrar la dichosa
cuchara, hasta que me la entregó. Yo retomé mi vida con los pedazos que a uno
le quedan después de que el alma de una madre decide marchar y comencé a
recordarla en cada café de las mañanas, a veces me quedaba prendida del tarro
del café dejando que el olor me inundara, luego miraba su retrato y le invitaba
a tomar. Un día saqué la cuchara de la envoltura y me dispuse a usarla, comencé
a tenerla y a comer con ella. Es cierto que es comodísima que sirve para todo.
Puedo comer con ella casi cualquier cosa, aunque sigo usando tenedores para el
arroz y la pasta, para todo lo demás uso la cuchara. Me la traje de Cuba para
España, otra vez ella de viaje. Hace unos días mi hija se trajo al novio a la
casa, y por supuesto pusimos la mesa para comer, yo había hecho una crema de
calabaza y me percaté enseguida de que la cuchara no estaba en mi sitio, sino
en el de ella. Mi hija que nunca le había dado importancia a aquel objeto más,
de la que merece su uso, estaba allí plantada como cuando era una niña
obstinada. Pensé que era una majadería suya. Me insistió en que la dejara comer
con aquella cuchara de la abuela. Su novio preguntó, ¿qué tenía esa cuchara,
que si era de oro o de plata? A lo que ella contestó: _ ¡No, pero es la
cuchara, es esa cuchara! Abrí los ojos me di cuenta rápido de que ella estaba
queriendo quedarse con esa parte de la abuela que le faltó, que ella estaba
queriendo arraigarse a nuestra historia familiar de la manera más solapada del
mundo. Hice un gesto de alegría silente y le cedí la bendita cuchara.