miércoles, 2 de febrero de 2022


 

La cuchara

Nunca supe la historia de aquella cuchara, la verdad, creo que mi madre se la trajo de Oriente, de Julia, el pueblito donde vivió durante muchos años y al que visitábamos todas las vacaciones siendo niños, mis hermanos y yo. La cuchara no tenía una forma rara, ni nada que se le parezca era en toda regla lo que se puede llamar una cuchara común y corriente. Así que si a alguien se le ocurrió que la cuchara sería de algún material extraño, está muy equivocado, sí creo que tendría algo lunar, pero nada más lejos que su forma de cuarto creciente y su cabo, que se abría casi al final. Lo cierto es que mi madre la usaba para todo, lo mismo para beber un dulce con leche, que para beber una sopa. Lo mismo le daba tomar un potaje de garbanzos con ella que un yogurt. La cosa es que la cuchara no era ni muy grande, ni pequeña. Se ajustaba a su mano y claro a su boca. Era aquello que podemos decir una cuchara perfecta. Mi madre era una mujer bastante exigente para con casi todo, a veces rayaba la intransigencia eso no se veía tan mal porque lo aderezaba siempre con muchísimas gotas de amor. En los últimos años y después de su muerte aún más, me dio por sustituir el cariñoso Juani que le decía, por: La generala. Es que tenía un tremendo carácter, una capricornio de esas que lo quieren todo, ya y a la perfección, pero al mismo tiempo era una galletica de dulce mojada en almíbar. Difícil de entender esto, ¿verdad?. Mi madre vivió conmigo 12 años en España y la cuchara estaba siempre con ella, para todo, si iba algún sitio, además de sus cremas y ropas iba envuelta en una servilleta y luego en una bolsita, su cuchara. Pasó que un día mi madre cayó muy enferma e ingresó en un hospital, era bronquitis, como casi todos los inviernos, nunca imaginamos que aquel sería el último. Ya ella había vencido la batalla en, no pocas ocasiones. Se auto medicaba, en cuanto empezaban los primeros síntomas. Vivía con medicación constante para el asma, pero esta vez, no pudo aguantar la falta de aire y fue fatal. Paso muchos días entubada, hasta que al fin la sacaron de aquel coma inducido y comenzó a progresar, uno de los días en que estaba despierta me dijo al oído que le llevara su cuchara al hospital, pues pronto comenzaría de nuevo a comer por si sola. La verdad es que le empezaron a dar yogures, pero ella quería su cuchara y se la llevé. A los pocos días mi madre comenzó de nuevo a ponerse mal y le tuvieron que hacer una traqueotomía, más tarde cuando ya pensábamos que salía adelante y los médicos nos dijeron que experimentaba una mejoría, nos contentamos con la idea de que la cambiarían de sala, iba a salir de cuidados intensivos, ya le estaban buscando cama en otra sala. Pero una mañana cuando mis hermanos y yo afuera nos reíamos despreocupados, salió un médico con intensa gravedad y nos borró la sonrisa confiada de los rostros, diciéndonos que le habían dado dos paros, que no pudo aguantar. Fue un impacto muy grande porque estábamos seguros de que ella, ya estaba saliendo de allí. Pero sin lugar a dudas su alma se escapó, de aquel cuerpo cansado. Después de su sepelio, pasé unos días en un estado de casi levitación, aún no sé si era parte de eso que llaman, el despertar, el caso es que, en mi estómago, era como si un nudo se hubiese soltado, quizá el cordón umbilical cortándose, no lo sé. Pasé unos primeros días como fantasma, no escuchaba, y entendía muy poco a los que me hablaban, el mundo entero se había ido, dejándome en medio del vasto cosmos, entre las estrellas, vagando. Cuando nos enviaron sus pertenencias a casa, una semana después de su muerte, nos hicieron llegar todo, las cremas, las ropas, los libros, todo, menos la cuchara. En medio aquel estado de tan grande extrañamiento y tristeza, lo único que atine a decir fue, que faltaba la cuchara. Sentí que si dejaba perder la cuchara perdería aun más, una parte de la esencia de mi madre. Pude hablar con una amiga que teníamos en el Hospital, que por favor me buscara la cuchara y me la devolviera. Demoró, demoró unos días. Me la imagino moviendo cielo y tierra en aquel hospital para encontrar la dichosa cuchara, hasta que me la entregó. Yo retomé mi vida con los pedazos que a uno le quedan después de que el alma de una madre decide marchar y comencé a recordarla en cada café de las mañanas, a veces me quedaba prendida del tarro del café dejando que el olor me inundara, luego miraba su retrato y le invitaba a tomar. Un día saqué la cuchara de la envoltura y me dispuse a usarla, comencé a tenerla y a comer con ella. Es cierto que es comodísima que sirve para todo. Puedo comer con ella casi cualquier cosa, aunque sigo usando tenedores para el arroz y la pasta, para todo lo demás uso la cuchara. Me la traje de Cuba para España, otra vez ella de viaje. Hace unos días mi hija se trajo al novio a la casa, y por supuesto pusimos la mesa para comer, yo había hecho una crema de calabaza y me percaté enseguida de que la cuchara no estaba en mi sitio, sino en el de ella. Mi hija que nunca le había dado importancia a aquel objeto más, de la que merece su uso, estaba allí plantada como cuando era una niña obstinada. Pensé que era una majadería suya. Me insistió en que la dejara comer con aquella cuchara de la abuela. Su novio preguntó, ¿qué tenía esa cuchara, que si era de oro o de plata? A lo que ella contestó: _ ¡No, pero es la cuchara, es esa cuchara! Abrí los ojos me di cuenta rápido de que ella estaba queriendo quedarse con esa parte de la abuela que le faltó, que ella estaba queriendo arraigarse a nuestra historia familiar de la manera más solapada del mundo. Hice un gesto de alegría silente y le cedí la bendita cuchara.