Cortar por lo sano
La sangre había salpicado todas las paredes de la cocina y tenia pronto que esconder las partes en que cortó el cadáver. Cogió la cabeza y mientras la miraba no pudo recordar lo que pasó. Ella llegó tarde a casa y estando medio ebria comenzó a empujarlo y a insultarlo, cuando él quiso hacerle el amor. Le había dicho la palabra imbécil cientos de veces, le humilló a solas y delante de sus amigos otras tantas. Pero aquella noche el solo quería amarla y tenerla una vez más.Le colmó la paciencia, estuvo tiempo huyéndole a ese momento en que sintió su corazón encerrarse en una cárcel fría y de repente estalló en la cólera más intensa de toda su vida, su cruel, baja y desesperada vida. Nunca había experimentado aquella rabia tan inmensa que le ofuscó, sus manos se posaron rígidas en el precioso cuello, y ahora apretaban firmes, fuerte muy fuerte, ella al principio parecía sonreír, hasta que sus manos lucharon inútilmente por deshacerse de aquellas otras gigantescas que la estaban ahogando. No pudo gritar, ni un solo gemido, sus ojos se mezclaron entre el miedo y el asombro y allí quedaron, mudos. La tendió en el suelo con sumo cuidado y sin pensarlo busco la alfombra del salón puso el cuerpo allí y tomó el cuchillo mas grande, el de la hoja más afilada al que ella siempre le tuvo miedo desde que lo compraron en un súper unos meses, después de la boda. Cortó con desdén y furia el muslo derecho, lo separó de la pelvis, luego el izquierdo que le costó menos trabajo. Aquí fue a buscar periódicos viejos y dispuso un recipiente para recoger la sangre, que saltaba a chorros. Con el mismo cuchillo grande y afilado, separó con destreza el cuello magullado del resto, y ya los trozos de ella, tenían la proporción exacta, para caber en la maleta negra, que llevaron a la luna de miel. Comenzó a guardarlos, uno por uno con un esmero que, denotaba todo el cariño que aun sentía por ella, por aquella hermosa mujer que muchas veces besó y que hoy estaba diseccionando. Pero tenía que hacerlo, ella le mató a él primero, ya ella se encargó antes de destrozar su alma, hizo de él un muerto errante y condenado a vagar tras ella, con sus insultos sus displicencias y sus humillaciones. Al final cuando ya estaba a punto de guardar la cabeza fue cuando despertó de aquel letargo de confusión.
Alzó su rostro para hablar con Dios, le
preguntó porque estaba haciendo aquello, porque le dejó cometer ese horrible
crimen, culpó a Dios y lo hizo responsable de haberle puesto ira en su corazón.
Llamó por teléfono y dijo que había matado a
su mujer. Les dijo dónde estaba la maleta y que quería entregarse. A la casa
llegó con la policía, un demonio de abogado para defenderle. El solo quería, ir
a la cárcel de inmediato, descansar, y no pasar por todo aquello de los
tribunales. El escarnio. El griterío. Las mujeres que se agolparían junto a los
juzgados, pidiendo su cabeza, en cuanto saltara la noticia.
Lo que quedaba de hombre, llegó esposado al
tribunal. Escoltado por un cordón de policías. Iba con la cabeza agacha. Desde afuera se sintieron los abucheos, algunos
que decía ser sus amigos se acercaron para ver el espectáculo. Muchos de sus
familiares le escupieron el rostro, todavía salpicado de la sangre de su mujer.
Vio a sus hijos que lloraban, arremolinados con las faldas de la abuela. La
gente empezó a dar gritos: -ASESINOOO ASESINO, MANOLO, MANOLO, MANOLO....
De un salto se sentó en la cama temblando. Empantanado
en sudores y con grandes sollozos.
Ella estaba frente a él, con su rostro burlón
y vociferante profirió un rugido:
. ¿Qué, ha sido otra, de tus estúpidas
pesadillas? -
El se quedó en silencio, no habló absolutamente nada, se calmó un poco. Se vistió como pudo, tomó algunas cosas, las que creyó importantes y se encaminó a la puerta de la casa. Ella iba detrás de Manolo, como fiera pérfida y preguntona. Manolo, abrió la puerta y un soplo de aire enorme le dio una bofetada, el sol respiraba fuera y respiró junto con él. Se encaminó a la calle al tiempo que pensaba que nunca mas volvería a verla, ni
a escucharla, no regresaría jamás. Debía para
siempre, Cortar por lo sano.