UNO
siento ahora la lluvia lenta por mi rostro
como el llanto de un extraño a quién bendigo.
Eliseo Diego.
1
Su rostro
espanta a los fantasmas del invierno, al castigo oculto del tiempo.
Uno es la
hojarasca del abismo que cae al denso arrullo de luciérnagas
ve el
silencio del ébano y su retorno, llama al fondo del pozo y ve al eco.
Se deshiela,
augura prodigios.
Uno se
exalta, lame la brizna en el ágape de los bohemios lotos
hace que
estalle su pecho entre violines y no es mas que una mustia avenida
una tarde de
álamos prohibidos, un cántico feroz a la intemperie.
2
Tu rostro es
lánguido sendero que teme ser besado por la aves
es el puente
que expulsó a los caminantes, el arco que asustó al viajero
el abra que
echó piedras al río.
Uno es la
sombra ciega del mármol.
3
Dios vive
en tu rostro y no en las lápidas
Dios viene
ahora con la lluvia, nievan mi amado en tus ojos, calinosas libélulas grises.
Dios se baña
en la fuente lindante de tus noches.
Uno va en él,
se confabula como la luna y su letargo
va en
demenciales sustancias a su alquimia y se halla al final, gestándose...
4
En la
penumbra de esta ciudad sigo descalza, entre sándalos y tal vez otras
pestilencias.
Asaeteo
siempre a mi propia ballesta, de nuevo pez:
es la mejor
manera de hacer mutis.
Los fantasmas
y el invierno seguirán en tu leve intento de espantarlos.
Tu rostro
quedó parco cual felibre de Satán,
sin memorias
Uno se
bifurca, vuelve indómito a volar.